Una pareja vive en un condominio. Él es un músico frustrado, medio “hijo de papi”, que se quedó con la casa y da clases de música, pero siente que su trabajo no vale mucho. Hace años que no toca en serio ni su órgano ni sus instrumentos. Ella, por su lado, pasa casi todo el tiempo en casa: estudió algo, pero por alguna razón no está trabajando.
Ellos se conocieron en un bar (eso lo vas descubriendo a lo largo de la película): ella estaba en una cita con otro, pero regresó, se toparon de nuevo… y ahí empezó todo.
Un día deciden invitar a sus vecinos, los del departamento de al lado (los separa literalmente una pared). La idea era conocerlos y, de paso, pedirles con toda la educación del mundo que bajaran el volumen… porque se oían muchísimo sus “ruidos sexuales”.
Pero aquí viene el giro: esos ruidos sí eran de ellos… pero no exactamente como uno se imagina. Resulta que formaban parte de una orgía que tenían ciertos días.
A partir de ahí, la reunión que empezó súper tensa—con nervios, hipocresías y mentiritas “sociales”—se va soltando. Cuando tocan el tema del sexo, todos empiezan a abrirse y poco a poco salen confesiones: cosas que les molestan de su pareja, inseguridades, dinámicas de poder… incluso los vecinos, que parecían súper abiertos y “sin rollos”, también traían sus propios problemas (uno imponiéndose al otro, etc.).
Y entonces sueltan la bomba: en realidad fueron porque les atraen. La esposa sabía que el vecino (interpretado por Edward Norton) la miraba desde la ventana, incluso cuando ella salía del baño; y a la vez, cada vez que se cruzaban en el elevador, Penélope Cruz notaba que él se le quedaba viendo el pecho. Total: entre “sabemos que ustedes son sexys” y “nos interesa”, les proponen ir más allá… y probar un intercambio de parejas (pero “de verdad”, no algo raro o forzado).
De ahí salen escenas bien hilarantes. Se ponen de acuerdo, intentan empezar… pero en pleno show a él le da un dolor de espalda que detiene toda la operación. Mientras tanto, en la cocina, ella está en una situación bastante intensa con Edward Norton, y eso termina detonando el gran detalle: la pareja “tranquila” llevaba más de un año sin tener sexo.
Con eso, se destapan muchísimas cosas íntimas y un montón de verdades que ya traían atoradas. Al final, los vecinos se van decepcionados porque no pudieron concretar nada con ellos.
Y la película cierra precioso: los dos se quedan juntos, él agarra el piano, empieza a tocar, ella se acerca… y se siente que, después de confesarse todo, se perdonaron y se reencontraron.
De verdad es una película completísima: muy buena, con música estupenda, y un guion que se siente listo para teatro. Te trae entre risas, sorpresas, angustia y drama de un momento a otro; es hilarante, triste y sorprendente a la vez.
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