Rosy es una chica de unos 22 años que vive en un pueblito de Inglaterra, dentro de una comunidad cerrada y súper exclusiva: un grupo religioso llamado Los Seguidores de la Divinidad. Son de esas comunidades donde casi no entra nadie “de afuera”, y donde las reglas se llevan al extremo. Ella ni siquiera conoce la ciudad; sabe que existen los celulares, pero le han enseñado que son “cosas del diablo” y que no debe acercarse a eso.
Un día, durante una festividad, su hija se le pierde. Rosy entra en pánico y todo el mundo sale a buscarla. Al final la encuentran casi ahogándose… pero quien realmente la salva es un hombre que no pertenece a la comunidad. Aun así, el grupo termina adjudicándose el rescate.
Rosy está casada con un hombre tan ultrarreligioso como los demás. De hecho, en una reunión del culto, él denuncia a su propio hermano por tener un celular, y lo expulsan. Rosy no entiende cómo pudo traicionarlo, pero él lo justifica diciendo que era “lo correcto” porque el celular es del diablo. Encima, poco después lo nombran líder (justo por debajo del pastor principal).
El pastor general —Phillips— resulta ser un hipócrita total: predica pureza, pero es conocido por acosar a mujeres y por hacer justo lo que condena.
La historia se pone más intensa cuando el hombre que salvó a la niña aparece en casa de Rosy, justo cuando su esposo no está. Pide refugio porque, según él, la policía lo está buscando por algo que no hizo. Rosy, muerta de miedo, no quiere… pero algo en ella (entre gratitud y una atracción que no sabe explicar) la hace esconderlo en el granero.
Lo descubren, y Rosy intenta cubrirlo diciendo que creyó que él quería robar el auto. Al final, lo perdonan. De hecho, este hombre empieza a ganarse la confianza de todos: lo bautizan, se integra a la comunidad y termina convirtiéndose casi en la mano derecha del nuevo líder (el esposo de Rosy).
Con el tiempo salen cosas turbias: el líder es manipulable y tiene secretos (incluida una tensión sexual que el recién llegado usa para controlarlo). Y lo peor: Rosy va descubriendo que ese hombre no es “un tipo cualquiera”, sino alguien con un historial de asesinatos y manipulación.
Aun así, Rosy cae. Se involucra con él, intenta creerle, y hasta sueña con escapar y conocer el mundo fuera de la comunidad. Le pide que la lleve a la ciudad, que vayan a restaurantes, que empiecen una vida distinta… pero él no quiere irse. Ahí está protegido de la policía y, además, ya tiene poder.
Las cosas explotan: Phillips (el pastor) termina fuera del mando tras un desastre en el que muere alguien en un accidente de auto, y el asesino aprovecha para incriminarlo (Phillips estaba borracho y ni recuerda bien). A Phillips también le sacan más cosas: acoso, abusos y un montón de porquerías que su esposa, en el fondo, ya sabía.
Ya en modo thriller total: el asesino amenaza a la niña, mata al hermano, manipula a todos y la violencia sube de nivel. En algún punto lo capturan, pero la esposa de Rosy termina revelándole todo al esposo, con pruebas.
Rosy decide que ya no más: quiere irse con su hija. Intentan escapar y los persiguen. En una noche lluviosa, el esposo se enfrenta al asesino para darle tiempo a Rosy de huir.
En la parte donde te quedaste: Rosy es alcanzada dentro de la casa. La niña (Grey) está escondida entre unas rocas. El asesino intenta ahogarla, pero en el último segundo se frena, como si le pegara el remordimiento. Rosy aprovecha, se levanta, va por su hija y le suelta algo así como: “Si de verdad me amas, déjame ir con mi hija”.
Luego aparece el pastor actual con una pistola. El asesino intenta convencerlo: “mejor toma el celular, acuérdate del mandamiento ‘no matarás’, llama a la policía”. Pero cuando el pastor ve el celular, descubre el video que lo deja expuesto… y se derrumba.
Y la serie cierra con un giro: un año después, el gran líder de todos esos “borregos” termina siendo el delincuente.
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