martes, 17 de febrero de 2026

Ensayo sobre la ceguera: 10 - Saramago


Muy al estilo de Saramago, con ese gusto por describir con detalle cada situación, la historia comienza con un hombre de mediana edad que está detenido en un semáforo, esperando a que cambie de rojo a verde, cuando de pronto se queda ciego sin saber por qué. Un desconocido se acerca, lo ayuda a bajar del coche y lo acompaña hasta su casa, donde, por lo que entiendo, hay un ascensor. El hombre no quiso que este sujeto entrara a su casa porque temía que le robara algo, así que se quedó en la entrada, fue tanteando todo a su alrededor y logró sentarse porque conocía el lugar. Cuando su esposa llegó, le contó lo ocurrido y se dieron cuenta de que el hombre que lo ayudó se había robado el coche.

La esposa lo lleva entonces con un médico. El médico lo revisa a fondo, pregunta por sus antecedentes familiares y médicos, y le hace una exploración muy minuciosa de los ojos, pero no encuentra nada extraño. Luego, al llegar a casa, el médico se queda mucho rato dándole vueltas al asunto, consulta libros, comenta con su esposa y, de pronto, tiene la sensación de que él también va a quedarse ciego. Y así pasa: mientras está ordenando sus libros deja de ver primero sus propias manos y luego, poco a poco, lo demás.

Por otro lado, el hombre que robó el auto pasa mucho tiempo sintiéndose mal por lo que hizo. Es un ladronzuelo, no es la primera vez que roba algo; en este caso fue el coche, y vive con miedo de que la policía lo encuentre, así que se cuida mucho. Pero un día, al bajar del auto, se queda ciego de la misma manera: con esa misma ceguera blanca, lechosa, como si se pegara al ojo, no una oscuridad negra.

También se cuenta, en un tono un poco chusco, la historia de una prostituta que va a hacer su trabajo y que, además, disfruta mucho de lo que hace. Después de gemidos, placer y todo lo demás, justo cuando ya se va, se queda ciega, o eso es lo que se narra. Y también habla del caso de un niño.

En ese punto ya tenemos al médico, al primer ciego, al ladrón que robó el auto, al niño y al médico que “se contagia” (así lo plantea el libro). El médico lo reporta a la secretaría o ministerio de salud, y el responsable de salud pública decide tomar medidas drásticas: va a declarar una cuarentena.

Llevan a seis personas a cuarentena a lo que parece ser un manicomio o centro psiquiátrico. Ahí encierran al primer infectado, el del semáforo; a la prostituta; a un niño; al médico; y la esposa del médico, que se hace pasar por ciega para poder acompañar a su marido. Los dejan allí y el libro se enfoca en describir cómo es la vida entre ellos. La esposa del médico no ha dicho que puede ver, finge ser ciega para quedarse con él. Les advierten que, si intentan escapar, los matarán; no podrán salir hasta nuevo aviso, hasta que se entienda qué está pasando.

Quedan prácticamente abandonados a su suerte: ellos mismos tienen que organizarse para ver qué comen, qué cama ocupa cada uno, cómo se distribuyen en ese espacio grande. Al principio solo son seis, pero poco a poco sigue llegando más gente, hasta diez más. Cuando llegan nuevos internos, les piden que se presenten con un número: “uno, soy tal persona”, pero en realidad dicen cosas como: uno, soy policía; dos, soy ayudante de consultorio; tres, ayudante de farmacia, y así van presentándose.

He avanzado ya varios capítulos, y lo siguiente que ocurre es la primera muerte: uno de ellos se hiere el pie y empieza a desangrarse. Él piensa: “voy a arreglar esto, no creo que me maten por salir solo”, y decide ir a buscar comida. Al hacerlo, lo matan: es la primera víctima. Después, los internos intentan organizarse para enterrarlo, pero desde fuera no quieren darles una pala porque tienen miedo. Se asustan mucho con la primera muerte, y tras mucha insistencia terminan por darles algunas herramientas, como una pala, para poder enterrarlo. Saramago describe todas las dificultades de enterrar a alguien siendo ciegos, mientras el cuerpo se llena de moscas. Da la impresión de que al final ni siquiera logran enterrarlo correctamente.

Empiezan también las sospechas sobre la esposa del médico: algunos se dan cuenta de que ella en realidad no está ciega, que no está “contagiada”. Uno de ellos se lo dice directamente y añade: “no te preocupes, no voy a decir nada, pero tú no estás ciega”.

Conforme sigue llegando más gente, exigen más comida. Se arma una especie de mitin o protesta improvisada, y en medio de eso les disparan a seis personas más. En los capítulos siguientes se va describiendo su vida cotidiana: las discusiones, la convivencia, cómo se van adaptando a la rutina y cómo no dejan de llegar nuevos ciegos.

Están en una especie de pabellón con una fila de cuatro cuartos a cada lado, y en cada uno caben unas veinte personas; en total son ocho cuartos, para unas 160 personas. En el punto en que voy leyendo, ya van llegando alrededor de 60, y más adelante mencionan que ya hay 240 personas en ese lugar. Los mandos de afuera acaban concluyendo que es mejor matar a los ciegos porque son demasiados; según ellos, estar ciego es casi lo mismo que estar muerto.

Durante muchas páginas, Saramago se dedica a describir la convivencia de manera muy minuciosa, con esa habilidad que tiene para fijarse en los detalles más pequeños, casi insignificantes, pero reveladores. No en vano escribió algo así como un “Manual para subir escalones”: se deleita en lo cotidiano, en lo que parecería inocuo.

Retomando la lectura, lo que complica todo es la llegada masiva de más ciegos: el número crece, hay muchos en cama y otros tantos tirados fuera de ella. La comida empieza a escasear y se convierte en un problema central. El grupo encargado de ir a recoger la comida decide que ya no la entregará gratis: empieza a pedir algo a cambio. Primero exigen joyas, y después, mujeres.

Al principio, las mujeres se niegan, pero poco a poco algunas empiezan a ir. Hay mujeres que sorprenden, como la esposa del médico, la única que ve: su marido pensaba que ella no aceptaría, pero ella finalmente dice que sí, que es libre de decidir qué hacer con su cuerpo. También ella, viendo con sus propios ojos lo que pasa, alcanza a observar una escena muy íntima: en una cena relativamente tranquila, ve cómo la prostituta, la chica de los lentes oscuros, se mete con naturalidad en la cama del médico y hacen el amor de una forma muy tierna. La esposa del médico, que ve todo, al final se limita a abrazarlos y, de alguna manera, los perdona y los comprende.

A estas alturas ya se han formado claramente dos bandos: el grupo de los “buenos” y el grupo de los “malos”. Entre estos últimos hay un jefe de ciegos particularmente cruel. Saramago describe con bastante crudeza lo que hacen con las mujeres. La esposa del médico tenía escondidas unas tijeras en una pared, sin que nadie se diera cuenta —solo ella podía verlas—, y un día, durante uno de esos abusos, las usa para matarlo: le clava las tijeras en la garganta justo cuando él está terminando el acto sexual; así, mientras eyacula en la boca de la mujer, también comienza a desangrarse y muere.

Tras su muerte, el grupo discute qué va a pasar ahora, porque otro ciego asume de inmediato el liderazgo del bando de los malos. Reconocen, en el fondo, que la muerte del jefe era el deseo de todos, aunque solo una persona haya ejecutado el acto. Otras, en cambio, se quejan: dicen que, por culpa de quien lo mató, ya no compartirán la comida y muchos morirán de hambre.

Las muertes continúan por diversas razones, junto con incidentes menores, hasta que ocurre algo decisivo: después de matar al jefe, el grupo de los malos se vuelve aún más tacaño con la comida. Entonces, una de las mujeres, que tenía guardado un encendedor, prende fuego al cuarto de los malvados. El incendio se extiende y, al final, el lugar queda destruido.

Una vez que quedan “libres”, ya no están los soldados vigilando. Varios han muerto, pero el grupo principal logra salir: van juntos el médico, su esposa, el niño, la chica de los lentes y alguna otra persona que ahora no recuerdo bien. Todos quieren regresar a sus casas, pero pronto se dan cuenta de lo difícil que es: no recuerdan bien las direcciones, las calles están irreconocibles y el caos es total. Aun así, una de ellas, creo que la chica de los lentes negros, logra llegar a su antigua casa gracias a que la esposa del médico puede ver y la orienta. Cuando llegan, ya no está su familia, no se sabe qué fue de ellos, y hay otra persona viviendo allí.

Entienden entonces que, para encontrar comida, tienen que moverse todos juntos. Saben que si salen, no es seguro que puedan regresar al mismo sitio, porque la ciudad es un laberinto de ciegos. Pasa que un grupo sale a buscar algo y, si por pura suerte logra regresar, ya encuentra a otra gente ahí, también perdida, que se ha ido acomodando donde puede.

Siguen su búsqueda y, con dificultad, guiados por la única que ve, logran encontrar la casa de la chica de los lentes, la prostituta. Allí encuentran a una señora que ya se había instalado en el lugar, porque lo encontró vacío y lo ocupó, como muchos hacen ahora. Cuando llega la verdadera dueña, le pide entrar y, al final, conviven como si nada. Esta señora es muy celosa con la comida, como es lógico, porque es lo más valioso en ese momento. Le preguntan cómo se ha alimentado y ella explica que tiene gallinas y conejos. Los conejos comen hierba, pero las gallinas, además, se han acostumbrado a comer carne humana: picotean los cuerpos.

A lo largo de todo esto hay muchas reflexiones sobre la vida, sobre la ceguera y sobre cómo cambia todo cuando uno deja de ver: cambian los puntos de vista, cambia el amor, cambian los gustos; lo que antes te gustaba, ya no. También se muestra la relación entre el médico y la prostituta: él se acostó con la chica de los lentes, y, después de hacer el amor, ella la acaricia a la esposa del médico; desde entonces, las dos mujeres se vuelven muy unidas. Alguien le pregunta por qué, y la respuesta es algo así como que la siente casi como una hermana, o tal vez porque “se echó al marido”, así se lo dice.

Sigo avanzando en el libro y el relato continúa describiendo su día a día: finalmente logran dar con la casa del médico, del primer ciego. Explican cómo encuentran algo de agua, cómo recorren las calles llenas de perros, ratas muertas, basura. Un día cae la lluvia y todos la aprovechan para bañarse y recolectar agua, porque casi no tienen. Poco a poco, cada uno va identificando su propia casa por lo que toca, por los recuerdos que le evocan los objetos. La gran ventaja es que cuentan con una persona que ve. Ella incluso reconoce el lugar donde estaba el semáforo en el que el primer hombre se quedó ciego.

Cuando llegan a la casa del médico, conocen a un escritor que ya se había instalado allí antes. Él cuenta que ha seguido escribiendo prácticamente a tientas y se sorprende mucho al descubrir que hay una persona que nunca perdió la vista.

La novela concluye con todos reunidos en la casa del médico: los cinco que han estado juntos casi todo el tiempo —el niño, la chica de los lentes (la prostituta), el médico, su esposa que ve— y el escritor, que ya estaba viviendo allí. Conviven con él y el relato se encamina hacia la idea de la esperanza, de la posibilidad de volver a ver. Uno de los personajes, el tuerto, le declara su amor a la prostituta y le dice que, en realidad, no quiere que todo vuelva a la normalidad: le gusta cómo están viviendo ahora, porque si todos recuperaran la vista quizá ella ya no lo elegiría a él, y tal vez él tampoco a ella. La historia cierra con esa declaración de amor y con la sensación de que van a seguir juntos.

Las peripecias continúan: siguen visitando casas gracias a la guía de la esposa del médico, que puede ver, y se describen situaciones terribles relacionadas con la falta de comida. Hasta que, un día, alguien grita: “¡Veo, veo!” y, poco a poco, los demás también empiezan a recuperar la vista. Y así, después de dedicar páginas y páginas, cientos de hojas, a describir con detalle los incidentes y la conducta de los seres humanos en medio de la ceguera, Saramago remata la novela en apenas unos párrafos: todos comienzan a ver de nuevo y, al final, el libro cierra con la frase de que, al voltear, “la ciudad seguía ahí”.


Río largo y brillante: 9 - HBO

 

Amanda es la protagonista de esta serie. Ella es policía, su trabajo es vigilar la seguridad pública, no hacer labores de investigación, pero se mete muchísimo en el caso… y ya se entiende por qué: su hermana es una de las chicas involucradas.

Viven en una ciudad muy sombría, llena de drogas, una ciudad rara, muy extraña. Hay una zona con muchos picaderos, pero sobre todo hay muchísimas mujeres menores de 30 años que viven en la calle y se prostituyen para poder subsistir. Últimamente ya han matado a tres chicas por exceso de insulina, sin ser diabéticas. Y, además, la hermana de Amanda lleva dos meses desaparecida.

A lo largo de la serie se van mostrando pasajes del pasado de ellas dos. La mamá murió también por sobredosis. Amanda vive con un niño, cuyo papá es irresponsable y ni siquiera quieren pedirle nada. En ese momento tiene problemas para pagar una colegiatura de creo que $3000 al mes, o sea, unos $60,000 al año, muchísimo. Ya no se puede sostener, así que lo van a sacar de esa escuela y lo van a meter a una pública.

También se ve cómo, cuando muere su mamá, hace muchos años, las dos hermanas, Amanda y su hermana, eran muy unidas. Sin embargo, la hermana cayó en las drogas igual que la mamá. Aunque a veces logró levantarse, últimamente volvió a caer. Amanda tiene cierto remordimiento porque ambas prometieron cuidarse desde que su mamá murió. Ella, enojada, la corrió de la casa diciéndole que si seguía drogándose la iba a sacar… y la sacó. Además, la hermana se robó un collar de oro de San Judas que era de su mamá, y eso las dejó peleadas. Amanda quiere encontrarla para decirle que ella es mucho más importante que ese collar.

Al final, resulta que sí encuentra a su hermana. Cuando llega a la casa donde le reportan que está, ve una camioneta roja y se sorprende mucho, porque la persona que pasó a buscarla, la que se ve en la cámara, es su papá, a quien casi no veían desde que eran muy chicas, porque las había abandonado. Él ahora está arrepentido. Cuando abre la puerta, se encuentran con su papá y con la hermana de Amanda ahí.

Resulta que desde el día en que él la recogió, se la llevó a su casa, la encerró y la ayudó con su rehabilitación. Ella ya lleva bastante tiempo ahí, rehabilitándose, y está embarazada. Además, la serie muestra que Tomás, el chavito, en realidad no es hijo de la protagonista, sino de su hermana. Como ella era muy drogadicta, no iba a poder hacerse cargo del bebé, y Amanda se quedó con él. Tomás no sabe que Amanda no es su mamá, y tampoco sabe que tiene una tía.

Por otro lado, las investigaciones apuntan a que el asesino de las mujeres —porque vuelven a matar a otra chica que se llama Paula— podría ser Truman, su mejor amigo. Él ya “demostró” que no es, pero a mí, como espectador, no me convenció; siempre tuve sospechas de él. Ahí va la serie construyendo la duda.

La miniserie termina revelando que el asesino, con quien sí sospeché, resulta ser el mero jefe de detectives. Lo descubren gracias a una foto universitaria, y se ve que en su refri tenía mucha insulina. Siento que el final fue como que le invirtieron muchísimo a la trama y cerraron de forma muy obvia. No es que terminara rápido, pero sí muy evidente.

Durante el último capítulo, este tipo de series normalmente acaba y punto, pero aquí se dieron varios minutos para temas más “románticos”, por decirlo así: reconciliaciones, pláticas, aclaraciones, cosas que ya se intuían durante la serie, pero que ellos se tomaron el tiempo de mostrar.


Marty supremo: 9 - Cinépolis

 

La vi en Cinépolis. No me acuerdo del nombre del actor protagonista, pero la película muestra la vida de un gran jugador de ping pong (tenis de mesa) con una vida muy caótica, sobre todo en el tema del dinero. Durante toda la película se la pasa “destapando un pozo para tapar otro”, viviendo entre engaños, todo porque se desesperaba por ser el número uno. Creo que lo era, pero usaba algo más que el deporte para llegar a donde quería: recurría al engaño y al chantaje.

Como venía de una situación de muchos escasos recursos, siempre encontraba la forma de conseguir dinero a través del tenis de mesa, levantando apuestas en lugares desconocidos. Se hacía pasar, junto con un amigo, por una persona común y corriente, y obviamente terminaba ganándoles el dinero a los demás porque él era el bueno, el que iba a ganar.

Al final, como hubo un torneo y perdió la final contra un japonés muy bueno, él quería la revancha. El siguiente campeonato iba a ser en Japón, así que tuvo que humillarse para que un empresario le diera chance de ir en su avión particular. Al llegar allá, como nunca hizo su inscripción ni pagó, no aparecía en la lista de jugadores.

Una de las humillaciones que le pidió el empresario fue que jugara un partido de exhibición en el que debía perder. La final de ese mini torneo de exhibición fue justamente contra el japonés. Ahí es donde él decide que no va a perder, y gana. Él lo vive como su mayor triunfo, porque ya no pudo participar en el torneo oficial, pero en ese partido fue donde realmente se hizo famoso.

Al final se pelea con el empresario y regresa a su tierra en el avión de los militares de Estados Unidos que andaban por ahí. Vuelve para ver a su hija recién nacida, con la que, por cierto, también había sido muy irresponsable, igual que con la mamá.


Sin piedad: 9 - Cinépolis

 

Ayer vi “Sin piedad” en Cinépolis y me pareció una película muy buena, muy acorde con estos tiempos de la inteligencia artificial. “Piedad” es el nombre de un sistema de IA que se está estrenando, por decirlo así, en la ciudad de Los Ángeles.

En la historia, ya han llevado a la silla eléctrica a unas 12 personas gracias a este sistema. Entre los casos está el de un hombre de apellido David Webb. Todo comienza cuando la película arranca con un policía, uno de los principales impulsores de Piedad, atado a una silla, siendo juzgado por la propia IA.

Piedad le dice algo como: “No tengo sentimientos, solo muestro los hechos. Y el hecho es que tienes un 96% de probabilidades de ser ejecutado.” A partir de ahí, le pide que le muestre evidencias para reducir ese porcentaje. Si logra bajarlo al 92%, ya habría dudas sobre si debe ser ejecutado o no, es decir, sobre si es culpable o inocente. Primero le pregunta directamente: “¿Eres culpable?” y él responde que no.

Entonces empiezan a revisar todo. Prácticamente todo está registrado en video, casi toda su vida está documentada… y justo ahí está el problema. Con ayuda de la propia Piedad, él empieza a buscar evidencias y a desenmascarar su propia vida. Por ejemplo, él negaba que fuera alcohólico, pero se demuestra que sí lo era desde hace un año.

Conforme avanza, se descubre que su mejor amigo resulta ser el verdadero asesino. Él estaba siendo juzgado por el asesinato de su esposa, a la que apuñalaron y el cuchillo le llegó hasta órganos como el riñón o el hígado. Todo eso está súper documentado y muy claro para él, porque todo está digitalizado.

Más adelante, se da cuenta de que todo lo estaba señalando a él, y empieza a preguntarse por qué. Resulta que dos años antes, David Webb fue ejecutado siendo inocente. Él encuentra una foto donde aparece David con otro niño, y descubre que eran hermanos. Entonces se entiende que, desde hace dos años, el hermano de David ha estado planeando todo para que ejecuten al protagonista de la misma forma en que ejecutaron a su hermano.

Poco a poco se va descubriendo todo el plan. Al final, este hermano construye una bomba: su idea era llevarla hasta Piedad para volar todo el sistema, que para él había fallado gravemente. Y, de hecho, sí había habido una falla: David Webb no debió ser ejecutado porque no era culpable. Pero para que Piedad “no quedara mal”, un policía, amigo del protagonista, escondió una evidencia importante de un celular. Por eso David no pudo defenderse bien y terminó ejecutado, y de ahí viene toda la sed de venganza.

El hermano secuestra a la hija del protagonista y la lleva en un tráiler con la bomba hacia las instalaciones principales de Piedad, con la intención de destruir todo. Obviamente, intentan impedirlo… aunque ya para ese punto queda claro lo grave que fue el error del sistema y de las personas que lo manejan.


La trampa: 9 - Netflix


Llevas a tu hija a un concierto que ella ha estado esperando muchísimo; se esforzó, sacó buenas calificaciones y como premio la llevas. Pero cuando llegan, te das cuenta de que hay un operativo enorme para encarcelar, para atrapar, para detener a una persona apodada “El Carnicero”, que ya ha matado a 12 personas, las ha asesinado, las desmiembra y las exhibe.

Pero aquí viene el giro: la persona a la que están buscando eres tú, el protagonista de la película.

A través de varias artimañas y situaciones medio extrañas, todo parece “casual”: Cheli, que contaba que los policías eran buena onda; el que atiende los souvenirs también buena onda; la policía de la cantante, el staff que le dice que tiene una hija y la sube al escenario… Cosas así que, ya combinadas, se sienten muy exageradas. Esa parte de la película sí se ve un poco pasada, pero se le perdona porque en general está muy buena.

Durante toda la película, el protagonista está intentando escapar, y de forma irónica lo consigue, pero para hacerlo tiene que agarrar a la cantante y decirle que si lo capturan, esa persona muere. Le muestra un video donde tiene encarcelado a un chavo. Al principio él parecía una persona normal, pero después de que va a ver cómo está su secuestrado mediante el video, ya se ve diferente.

Al final, lo encarcelan. Su hija no puede creer que él sea “El Carnicero”, pero sí lo apresan. Ahí es donde se ve por qué él supuestamente tiene un trauma: su mamá lo castigaba todo el tiempo, y con eso intenta justificar por qué es tan violento y por qué se convirtió en un asesino.



Bin Laden: 8 - Netflix

 

Creo que fueron tres o cuatro episodios de una serie en Netflix sobre la captura de Bin Laden. Ahí cuentan cómo tuvieron que pasar casi 11 años para poder encontrarlo. Todo empezó en tiempos de Bush y terminó, creo, en el segundo periodo de Obama, cuando finalmente lo lograron. En la serie muestran cómo fue todo el proceso, porque era muy difícil: siempre estaba muy oculto, tanto que pasaron tantos años sin dar con él.

Gracias a la persona que llevaba la información, pudieron seguirle la pista y descubrieron una casa en un pueblito de Afganistán, creo. Les pareció muy extraño que tuviera una barda de casi 3 metros de altura. Se les ocurrió revisar por arriba y vieron que todos los días, a la misma hora por la mañana, una persona caminaba dentro de la casa con su traje típico musulmán. A este sujeto le llamaron “El caminante”. Ya tenían sospechas de que podría ser Bin Laden, así que empezaron a investigar su anatomía, su manera de caminar y lo compararon con las descripciones de personas que lo habían visto antes o de alguien que lo había entrevistado.

Con todo eso, determinaron que sí era él, aunque seguían corriendo el riesgo de equivocarse. Entonces le pidieron permiso a Obama para entrar, pero había muchas cuestiones políticas, muchos antecedentes de operativos fallidos donde había muerto gente en vano, etcétera. Eso le generó mucha indecisión a Obama, pero al final dio el sí. Fueron… y sí era.

Bin Laden no se rindió y lo tuvieron que matar. Después presentaron el cuerpo y en Estados Unidos lo festejaron mucho, porque por fin lo habían logrado; fue considerado un gran acierto para ellos. Y para evitar que se convirtiera en una especie de figura de adoración, tiraron el cuerpo en alta mar.


La vecina perfecta: 8 - Netflix

 

Documental de Netflix sobre una señora que se autonombraba “la vecina perfecta” porque, según ella, no molestaba a nadie. Pero en realidad siempre se estaba quejando de los chavitos que jugaban afuera de su casa, en un área que era pública.

Su desesperación llegó a tal grado que, al parecer, planeó todo para que la gente se molestara. Les quitó la patineta a los chavitos y se llevó el iPad, tal como ella esperaba: la mamá fue a reclamarle por el iPad, y entonces, a través de la puerta, les disparó.

Ella actuaba como si nada, sin sentir remordimiento, como una persona insensible, casi una sociópata.