viernes, 31 de julio de 2026

Pedro Páramo - Juan Rulfo: 9


Bueno, esto es un clásico: ya han hecho esta película antes, y apenas la estoy escuchando. Voy justo en esa parte “típica” donde el protagonista va camino a un lugar (Comala; hasta Sabina lo menciona en sus letras).

Total, llega un arriero/caminante y le pregunta si sabe cómo llegar a tal lugar. Se le pega en el camino y, entre charla y charla, le suelta: “Yo también soy hijo de Pedro Páramo”. Y el otro: “¿Cómo? ¿Tú también vas a ver a Pedro Páramo en Comala? Pues yo también soy su hijo… aunque, de hecho, casi todos en el pueblo lo somos”.

Cuando por fin llegan, Comala es un lugar solitario, como fantasmagórico. Y empiezan a pasar cosas raras: no “esotéricas” como tal, pero sí de fantasmas. Se aparece alguien, luego desaparece, aparece otra persona… y así.

Van saliendo varios personajes, incluido Abundio (el que lo acompaña al inicio del viaje). También están unas señoras que lo reciben y le dicen algo como: “Ya sabíamos que ibas a llegar”. Él se saca de onda y les dice que su mamá ya murió, y ellas: “Sí, sí… pero me avisó. Me dijo que llegabas hoy”. Incluso pareciera que ya tenían preparadas habitaciones (aunque todo esté vacío), como si lo estuvieran esperando.

Por lo que veo, la novela está armada con cambios de tiempo: de pronto se va a cuando Pedro Páramo era joven (cómo vivía con su abuelita y su mamá, cómo lo mandaban a hacer mandados, etc.) y luego regresa al “presente”. En una de esas, mencionan que Abundio (el que lo guió al pueblo) es sordo… y que está muerto. Y sí: el pueblo del que hablan es Comala.

Luego una persona le cuenta al hijo que Pedro Páramo estuvo “a nada” de ser su padre, por toda una historia con Dolores (su mamá) y un tal Osorio, medio brujo/lector de destinos. Osorio le dijo algo como que ese día no convenía porque “la luna estaba brava” y podía salir un embarazo. Dolores termina proponiendo que mejor se acueste con él (con el narrador), porque ella no iba a poder… y ahí se sugiere que, al final, un año después nació el hijo. También cuentan que Dolores odiaba a Pedro Páramo y un día le dijo que se quería ir con su hermana; él, como si nada: “Sí, vete con mucho gusto”. Y de ahí no supieron más… hasta que el hijo regresa.

También se habla de cómo Pedro Páramo se puso a trabajar para un tal Don Rogelio durante mucho tiempo (aunque no muy convencido). Edúviges le decía que ahí no iba a hacerse rico, pero sí iba a aprender.

Después, doña (D.) cuenta lo de Miguel Páramo: que siempre le avisaron que iba a morir por culpa de un caballo loquísimo. Un día el caballo pasa corriendo solo; ella sale y habla con Miguel… pero ya estaba muerto. O sea, habló con él después de muerto.

Más adelante describen un funeral/ceremonia en la iglesia y cómo el sacerdote no quería “encargarlo a Dios” porque decía que era una mala persona y no merecía perdón. Hasta que le dan monedas de oro (Pedro Páramo), y entonces el sacerdote cambia el discurso: que “tiene cómo pagar el perdón”… aunque él mismo dice que no lo perdona.

En otra escena, están comiendo y preguntan a una chica (Anita) si fue Miguel Páramo quien la violó. Ella dice que no está segura… pero “porque él me dijo: ‘soy Miguel Páramo’”.

También se detienen un buen rato en hablar de María (la que tuvo muchos hijos) y del padre Rentería (o “Rapiña”, como le dicen por ahí), y de que ella fue muy buena, pero él no pudo ayudarla. Ella se suicidó.

Luego resulta que quien atendió al protagonista fue Edúviges… pero Edúviges llevaba mucho tiempo muerta. Y se escuchan unos lamentos horribles. Le explican que en ese cuarto asesinaron a Toribio Aldrete, y por eso se oyen esos ruidos. Edúviges empieza a contar cómo pasó lo de Toribio.

Ahí entra Fulgor, el abogado/hombre de confianza de los Páramo (primero de Lucas Páramo, el papá de Pedro). Lucas decía que Pedro era un flojo sin futuro. Fulgor le dice a Pedro que están mal de dinero y llenos de deudas (con los Guzmán, los Aldrete, etc.). Entonces Pedro arma el plan: que Dolores va a heredar, así que le pide a Fulgor que vaya con ella, le pida la mano “para mí”, y que se casen mancomunados. Dolores (bien ilusionada) dice que sí. También negocian con el sacerdote (diezmo, altar dañado, etc.) y lo compran para la boda. Todo para quedarse con los bienes de Dolores y “liquidar” la deuda.

Con Toribio Aldrete traen bronca por límites de terrenos. Toribio ya puso cercas, y Pedro le ordena a Fulgor que las tiren y que le digan que ahora hay “nuevos acuerdos” porque Don Lucas ya murió. Y si se pone pesado, lo van a acusar de usufructo/robo.

Después aparece la historia de dos hermanos que terminan siendo pareja (sexual). Dicen que “no había de otra”: había que poblar el pueblo porque ya solo quedaban ellos, y lo demás eran puras almas que salen por la noche. No quieren que se sepa… aunque, según ellos, tampoco hay nadie para contarlo. En ese contexto, llega alguien a esconderse y cuentan que también aparece una viejita muy vieja y flaca.

Luego parece que rescatan de una plaza el cuerpo de Juan Preciado (el que vino a buscar a su papá). Pero la narración sugiere que, aun así, él “plática” con Dorotea; como si ambos estuvieran muertos. Dorotea le dice algo así como: “Ya déjate de miedos. Ponte a pensar cosas agradables, porque vamos a pasar mucho tiempo aquí enterrados”.

El libro va alternando: Juan Preciado y Dorotea están enterrados en la misma tumba y conversan sobre lo que pasó, mientras arriba se oyen cosas (vasos, lluvia). También se menciona cómo la gente seguía instrucciones de Don Fulgor (capataz/hombre fuerte), y la desconfianza que tenían de Pedro Páramo.

Luego cuentan cómo Pedro Páramo recibió la muerte de Miguel: hasta les decía a las lloronas que no lloraran tanto, que si fueran sus muertos llorarían menos. No hizo escándalo; solo pidió que mataran al caballo que tiró a Miguel, como si el animal también “pagara” y sufriera.

El padre Rentería reflexiona: se siente culpable por haber dejado que Pedro Páramo creciera con tanto poder en Comala. Muchas muchachas le contaban que Pedro se metía con ellas, y Dorotea incluso le dice que ella le conseguía chicas a Miguel Páramo (les avisaba cuando estaban solas, las citaba, las llevaba). Rentería se siente indigno; lo habla con su superior, y ni así se siente perdonado. Al final, se cansa y le dice a la gente que al día siguiente pueden comulgar: que “se les perdonan los pecados”.

Siguen en la tumba: Juan dice que tuvo un sueño donde otras personas le hablaban, y Dorotea le aclara que no es sueño: son las tumbas de al lado; con la humedad y lo viejas que están, “se levantan y empiezan a hablar”. Le dicen que quien se quejaba era la mamá de Lucas Páramo, que murió (creo) de tifo, y nadie quiso ir a su funeral.

Después se empieza a hilar lo de Susana (la esposa de Pedro Páramo): él decía que era la mujer más hermosa del mundo y que la perdió. Le encargó a Fulgor que la buscara. Luego le avisan que regresó Don Bartolomé San Juan con su hija Susana. Pedro siempre estuvo enamorado de ella, y Don Bartolomé no lo supo sino hasta tarde (y, si lo hubiera sabido antes, lo habría frenado, porque veía a Pedro como lo peor: infiel, asesino, etc.).

Cuentan que desde que Pedro perdió a su esposa y a su papá, empezó a matar a diestra y siniestra a quien sospechaba de algo, quedándose cada vez más solo, casi como un fantasma.

Hay una parte donde me confundo entre Don Lucas y Don Pedro, pero Fulgor le pide que “adopten” (o se queden con) Susana, y sugiere que el papá de ella debe desaparecer o irse lejos (a trabajar a minas), pero que no se la lleve.

Justina Díaz (la nana de Susana) aparece en un ambiente bien oscuro/penumbroso. Ella llega a ayudar, pero a la vez como que quiere a Susana y no la quiere; la intenta correr, pero sabe que no debe irse. Justina le avisa que murió Bartolomé. Yo sospecho que no murió “natural”, sino que lo mandaron matar (por órdenes de Pedro, vía Fulgor) para que Susana quedara huérfana y pudieran controlarla.

Susana también recuerda una escena de niña: su papá la baja con un columpio a un hueco de mina y le dice “más abajo, más abajo… ¿qué ves?”. Ella ve un esqueleto, casi polvo. Su papá buscaba dinero, pero solo encontraron restos.

Luego el tartamudo va a avisarle a Don Pedro Páramo que mataron a Fulgor unos revolucionarios que están reclamando tierras (incluidas las de Pedro). Pedro se preocupa, pero no deja de pensar en Susana y no entiende por qué ella no se siente “halagada” por él, si él dice que solo piensa en ella.

Siguen escenas: revolucionarios llegan a la casa de Pedro, se sientan a comer, le piden dinero. Pedro se los ofrece y les dice que pasen en una semana; al final les da el triple y hasta ofrece 300 hombres (el dinero ya no lo quiere de vuelta, pero los hombres sí).

Gerardo (otro asistente) se va a despedir esperando finiquito, pero Pedro no le dice nada hasta que Gerardo vuelve, apenado, a pedir dinero “para los viajes”. Le dan mil pesos y con eso se conforma.

Luego Gerardo regresa diciendo que ya se gastó el dinero de los revolucionarios. Pedro le insinúa que asalte un pueblo (hasta le da el nombre). Gerardo dice que no es correcto, pero termina con: “Oiga, siempre que vengo salgo con nuevas ideas”.

Describen cómo Susana está enferma, con miedo a la oscuridad, siempre acostada. Tuvo relaciones con Pedro, pero nunca se levanta: se queda escondida. Justina dice que no le dan el sacramento porque está “muy sucia” y que el padre Rentería no le quiere dar ni confesión ni comunión.

Luego muestran la agonía de Susana; no queda clarísimo de qué muere. El padre Rentería quiere absolverla, pero ella no quiere. Justina la asiste. Muere y están en los funerales.

Al final, se cuenta que se muere la esposa de Abundio (Refugio Cuquita). Abundio va a pedir ayuda y se pone a tomar para “que se le pase rápido la pena”. Medio borracho, se desvía y llega a la casa de Pedro Páramo, ya viejo, sentado afuera. Abundio le suplica ayuda, pero Pedro no le hace caso. Damiana, la ayudante, grita, le pone crucifijos y le dice que se aleje; Abundio no entiende nada.

Llegan unas personas, lo apresan y le quitan un cuchillo ensangrentado que traía en la mano. Abundio de verdad no sabe qué pasó. Y Pedro Páramo se queda ahí, en la puerta, esperando la muerte: se levanta y se va desmoronando como piedras… hasta convertirse en piedra.

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