Yeri Devlyn es la protagonista y quien nos cuenta la historia en primera persona. Es una chica, hija de padres muy católicos de un pueblito de Nueva Jersey, que creció con mucha presión: tanto su mamá como su papá insistían en que “lo normal” era casarse y tener hijos.
Con los años, Yeri ve cómo su mamá, que era más sumisa, se va volviendo una mujer súper enérgica, y cómo su papá —un exmilitar de carácter fuerte— empieza a cambiar por una enfermedad que le hace perder la memoria, volviéndose más olvidadizo y dependiente.
Aunque nunca se corta del todo, desde sus 20 Yeri se distancia un poco de su familia (hubo roces, pero siguen en contacto). Se va a vivir y trabajar como mesera en un bar, y se queda en los cuartos de arriba.
Ahí entra Abi, su amiga, que le mete la idea de que en ese lugar hay gente que ha “hecho lana”, se ha acomodado, hasta ha logrado casarse. Yeri se deja llevar por esa esperanza y conoce a Jake Fletcher. Con Jake lleva cinco años, pero él ya la ha dejado plantada dos veces cuando hablan de boda (una vez, según ella, literalmente en el altar). Aun así, Yeri sabe que tiene una manera bastante mala de manejar las cosas y de presionar a la gente con el tema del matrimonio.
En paralelo, la novela toma un aire tipo “Cenicienta” porque Yeri estudió en una escuela de monjas y lo suyo siempre fue la música. En el fondo, sueña con ser compositora: escribe canciones y a veces las deja por ahí, como olvidadas.
El libro está narrado con una prosa tranquila y bonita, y maneja muy bien los tiempos: es claro, fluye, y aunque parece que ya podría terminar varias veces, sigue avanzando de manera que suma (para bien).
Una noche se le junta todo:
Jake vuelve a dejarla mal.
Su papá, en uno de sus episodios de olvido, provoca un incendio en la casa intentando matar a un bicho.
Abi le confiesa que está devastada porque le dijeron que está entrando en la menopausia y que quizá ya no podrá embarazarse.
Y además Abi —que siempre soñó con ser mamá— ha pasado por pérdidas y embarazos ectópicos.
En medio de ese caos, llega una banda al bar y toca una canción. Yeri se queda helada porque reconoce que es suya (algo como “el maldito día en que te conocí”). Entonces alguien se le acerca y le ofrece comprarle los derechos por $3,000.
Ahí aparece el barman que siempre la acompaña (al que le dicen algo como “garganta de embudo”) y le dice que no acepte así nomás, que él puede ayudarla. Resulta que años atrás él fue manager y colocó a varios artistas, así que Yeri decide confiar. Al final, la canción termina amarrada por $100,000, con contratos y hasta 60 centavos cada vez que suena en la radio. De la noche a la mañana, Yeri se vuelve millonaria.
Mientras tanto, Jake sigue apareciendo, llevándola a la cama, y ella se va resignando a la idea de que él nunca va a madurar lo suficiente para casarse.
Hacia el final, todo cambia: viajan a Los Ángeles para una entrevista; ya hay limusina, guaruras, y van con su mánager (el barman), además de Abi. En el aeropuerto se topan con Jake, quien le dice algo como: “¿y si empezamos de nuevo?”. Yeri está a punto de caer otra vez… pero la novela termina con ella eligiendo seguir adelante y subirse al avión.
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