miércoles, 4 de enero de 2012

El encanto de la música chatarra.

En un estudio insólito, Filosofía de las canciones que salen en la radio, presentado recientemente por el sociólogo Pablo Fernández Christlieb, se concluye que el enorme gusto de la gente por la aparente banalidad de las rolas pop –tan desdeñadas por los críticos serios– tiene una explicación: no basta “toda la sabiduría del mundo para entender lo que está pasando”.

MONTERREY, N.L. (Proceso).- Pablo Fernández Chris- tlieb, doctor en sociología, emprendió una tarea que parece imposible: encontrar el encanto en las rolas de Fey, Timbiriche, Dulce, Chayanne, Cristian Castro, Lucero. En su ensayo Filosofía de las canciones que salen en la radio (2011, Ediciones Intempestivas) se ocupa de hacer un repaso de las rolas del pop en español más o menos recientes, para tratar de explicarlas, encontrarles la belleza dentro de su trivialidad y entender por qué le gustan al público.

La gente hace propias las canciones, concluye, porque “de repente las reglas, las normas, las creencias, las seguridades y las verdades con las que se había vivido se rompen para bien o para mal… y toda la sabiduría del mundo no sirve para entender lo que está pasando”.

Es entonces cuando, para que uno pueda interpretar lo que siente, entra el lenguaje musical, las canciones plañideras de Los Ángeles Negros, Napoleón, José José, como lo explica en el texto:

“Con las canciones de diario, la gente puede pronunciar y explicar aquello acuciante y necesario que en el lenguaje normal y conversacional siempre será impronunciable e inexplicable.”

Como ejemplos cita “trozos de canciones que pueden decir mejor lo que a uno le está sucediendo. De repente uno se topa con algo así como, ‘porque a mi puerta el amor nunca volvió’, que están cantando las de Pandora, o ‘quién eres tú sin mí’ en voz y furia de Ednita Nazario o ‘nada de esto fue un error /no-o-o’, que canta Cori”.

Es el del catedrático de la UNAM un compendio de reflexiones que escribió en seis meses, pero que tardó 30 años en preparar, pues en todo ese tiempo tuvo la oportunidad de aprenderse las canciones que aquí cita, según dice el autor en entrevista después de hacer en esta ciudad la presentación del libro, acompañado de los editores Héctor Alvarado y Livier Fernández Topete.

Comprende a los intelectuales que rechazan estos temas por monótonos, carentes de idea, simplones, pues él también observa muchas canciones con esas características. Pero al escribir el ensayo halló que un escucha promedio puede encontrar que el corpus musical que conforman contiene un insospechado punto reflexivo, de interés y análisis, basado –paradójica y precisamente– en la intrascendencia de la que sistemáticamente le acusa la crítica.

Explica el autor:

“Las canciones pop son intrascendentes y superficiales en sí mismas, pero si las suma uno o las ve a todas en conjunto, después de mucho tiempo puede encontrar algo muy interesante, abajo o detrás de la intrascendencia, y algo más interesante debajo de la profundidad, mínimo para sentir que uno no ha estado perdiendo el tiempo.

“Uno puede encontrarle belleza a cualquier cosa en este mundo, también a las canciones de Paulina Rubio. Puede haber un contrasentido, pero los críticos que son tan profundos desdeñan las canciones pop, pero las cosas que podrían tener profundidad, en el intento de profundizar en ellas, terminan siendo superficiales, y eso me cae un poco gordo.”

Fernández Christlieb, de unos 50 años, viste playera; calvo, con largos mechones canos en la nuca, usa unos pequeños lentes de aumento. Es un insospechado huésped de estancia post-doctoral en la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales de París. Para escribir esta filosofía de las canciones de la radio dice que toda la vida ha escuchado las sinfonías populares que reseña, y se fue interesando en algunas canciones que conectaba con otras, hasta sentir que necesitaba escribir, por puro gusto, esta disertación sobre los temas que a diario se escuchan en las calles, en la casa, en el transporte colectivo y en los supermercados.

“Un día tuve la idea de lo importante que son esas canciones para la gente en el sentido que uno requiere un lenguaje para nombrar sus crisis, sus sentimientos, ilusiones, enigmas. Los que pasaron por la universidad pueden tener otros recursos, pero el grueso de la población, la gente que es agradable, toma como recurso las canciones que salen en la radio y con ellas entiende lo que le pasa”, dice el estudioso nacido en la capital del país.

Cuando se sentó a escribir en 2010 durante un periodo de cuatro meses que tuvo disponibles, se percató que ya tenía su texto mentalmente armado, y además de conocer de la métrica de las canciones, sabía que estas despiertan sentimientos, y que cualquier persona puede enfadarse contra las compañías disqueras y las canciones estúpidas.

“Mi momento iluminador fue cuando decidí sentarme a escribir para, por lo menos, dejar de oír todas esas canciones.”
Confiesa que de teoría musical no sabe nada –“de música sé menos cuatro”, aclara– y por eso su análisis se basa exclusivamente en las letras de las composiciones.

“Soldado del amor…”

Como sostiene en su libro, lo que le pasa a la gente del barrio es lo mismo que le ocurre a cualquiera, porque parte de la base de la condición humana que iguala a todos, con sentimientos como el amor, la soledad, la muerte, el miedo.

“Con estas canciones la gente es capaz de nombrar aquello que no podía, es la poesía en cierto sentido y son verdaderamente importantes.”

Por eso resulta que en las bodas, de repente, sacan una canción y todos sorprendentemente la bailan.

Hasta donde se sabe, nadie se había tomado la molestia de teorizar sobre los cantantes que inundaron el éter en los años pasados. Pero Fernández se regodea al explicar en su libro cómo funciona la dinámica de los enamorados que son el centro del universo cuando se encuentran en el trance sentimental y que, en realidad, cuando recitan las melodías que encajan en ellos y que parecen haber sido creadas para ellos, en verdad le cantan directamente a Dios.

“Así es como uno cierra el círculo: el lenguaje íntimo, con el que uno se habla a sí mismo, es un lenguaje sagrado, con el que le habla a Dios, pero Dios es en efecto la sociedad, porque es ahí donde se inventan las palabras con las que uno dice todo esto”, expone en el ensayo.

Frente a la profusión de canciones populares que saturan la radio y que se convierten en patrimonio de todos y de nadie, el autor encuentra que esas canciones –que se han vuelto las favoritas del público– sonarían absurdas si fueran pronunciadas en la conversación cotidiana.

Explica en su trabajo:

“Todavía no ha habido testigos de una conversación en ningún café del mundo donde un señor le diga a su susodicha ‘soldado del amor/ en esta guerra entre tú y yo/ cada noche caigo herido/ por ganar tu corazón’. Sería de pena ajena aunque, en efecto, eso cante Mijares.

“En esa misma conversación, la interfecta difícilmente respondería como Dulce: ‘pue-do ser/ tu amante o lo que tenga que ser/ reina esclava o mujer’, aunque si fuera feminista tendría que contestar más contestatariamente, como Vicky Carr: ‘ni princesa ni esclava/ solamente mujer’.”

A través de este razonamiento, Fernández Christlieb llega a la siguiente conclusión descorazonadora:

“Las canciones de uso diario no utilizan lenguaje de uso diario: una cosa es lo que se canta y otra cosa muy distinta lo que se le dice a los demás. Y entonces surge la pregunta de para qué la gente se aprende oraciones y frases que no le va a decir a nadie. Por algo será.”

En la entrevista, el doctor en sociología por El Colegio de Michoacán explica que eligió la radio porque es un medio de todos. La televisión adormece la capacidad de crítica, pero en la radio uno está en activo, en conversación o diálogo, respondiéndole mentalmente. Y es en ese proceso auditivo cuando uno puede encontrarse entendiendo propuestas temáticas, canciones que uno creía tontas y que esconden significados interesantes.

“Por eso cuando aparecen estas canciones, entre las voces de los comentaristas, uno sigue atento, procesando las letras de la canción. A falta de capacidad musical vas viendo lo que va diciendo, vas pensando en cuánta estupidez sale en la radio, a quién se le ocurrió esta pendejada, cuánta necesidad de dinero tiene el que hace estas letras tan estúpidas de Laureano Brizuela.

“Está uno muy divertido criticando, porque quejarse es una de las actividades más bonitas del ser humano, y de repente salta una frase inteligente, sorprendente, y así uno se va dando cuenta de que si le entra, dentro de su propio criterio, sin escucharlas desde afuera como pontífice, sino dentro de ellas, encuentra una cantidad de frases por las que uno casi pone las manos al fuego, y puede sostener que la frase es sensata, inteligente, bonita, digan lo que digan, como dice Raphael.”

Yuxtapuesto al sabor que se le toma a ciertas canciones, están las impuestas por la industria musical, que las repite hasta la saturación, y ya no se sabe si le gustan por determinación propia pero que, cuando se las topa, las compra.

Aunque está también la autoimposición de una canción preferida, que se repite uno mismo como un mantra, y se convierte en un creyente porque al repetir usa un lenguaje sagrado con la misma estructura del lenguaje religioso.

Precisa en su libro:

“Al cosmos o a lo que sea no se le conmueve con argumentos, sino con insistencia y terquedad. O sea que a Dios, aparte de cursi hay que repetirle las cosas. Este es justo el truco de la invocación: repítase y repítase y repítase y da la sensación de que eso le hace ya producir un efecto. Es por ello que todas las canciones tienen un estribillo.”

Pero cuando pasan de moda en 15 días, se quedan en la memoria.

“Puede que a los 20 días no lo puedas repetir, pero a los 20 años sí. Y para tu sorpresa, de repente aparece la canción que desde hace mucho estaba ahí. Y ya no tiene nada que ver con las ventas, sino con la propia memoria, un proceso muy interesante”, afirma el autor de La velocidad de las bicicletas.

Aclara, desde un principio, que aunque se interesa más en el pop que en la música clásica, reconoce que Beethoven le ha aportado más a la humanidad que Mijares, aunque él, en lo personal, encuentra en este ensayo más interés en recordar la canción Soldado del amor.

Aunque este libro, de un tiraje inicial de 500 ejemplares realizado con apoyo del Fondo Nacional par la Cultura y las Artes (Fonca) está al alcance “de cualquier hijo de vecino”, intuye que las personas de 40 años en adelante van a localizar en su propio mapa muchas rolas que alguna vez disfrutaron.

A manera de conclusión, dejando los filosofemas elaborados en torno a las rolas de la radio, Fernández encuentra geniales algunas canciones que para los intelectuales son material de desdeño. Cita la de la cantante regiomontana Alicia Villarreal, cuando canta: “Te quedó grande la yegua y a ti te faltó jinete”.

Y afirma:

“Cuando escuchas una de esas en la calle dices: pobres de los que no se suben a un microbús.”

Luciano Campos.

martes, 3 de enero de 2012

Esperando un milagro: 10.

Antepenúltimo día de vacaciones, entre teclados de la compu en TV-Azteca vi esta excelente película:

"Comienza haciendo lo necesario, depues lo posible... y terminaràs haciendo lo imposible", estaba escrita
esta frase en el monumento a San Judas Tadeo. No fue una película de corte religioso, más bien... de corte
milagroso.

Menodina es un pueblo mexicano en donde por accidente una pareja norteamericana llegó y tuvo que permanecer varios días aún en contra de su voluntad. Tuvo que participar en la fiesta del "Vuelo del niño" en honoral Santo Judas Tadeo.

El milagro ocurrió doblemente: El niño "pepillo" que tenía problemas con la pierna despues de caer del
famoso vuelo volvió a caminar y la pareja gringa, que no podìa concebir un hijo, lo logrò.

Es importante mencionar que la pareja gringa segùn los médicos, había agotado todas sus posibilidades
mediante la reproducción asistida, es decir, la famosa tercera y última oportunidad. El doctor les comentó
que si ellos lo preferìan podìan seguir gastando su dinero, pero que técnicamente era imposible el embarazo...
eso ya lo había escuchado antes.

La peregrina de Felipe Carrillo Puerto.

“Por la tarde había llovido, y al cruzar por la barriada del suburbio de San Sebastián, la vegetación y la tierra recién humedecidas por el aguacero exhalaban esa penetrante fragancia que les es peculiar en tales casos. Alma aspiró profundamente aquel perfume, y dijo: “que bien huele”, y yo, por gastarle una galantería le repliqué: “Sí, huele porque usted pasa. Las flores silvestres se abren para perfumarla…”. Carrillo Puerto dijo al punto: “Eso se lo vas a decir a Alma en una poesía”. No, le repliqué yo, se lo diré en una canción. Y en efecto, en esa misma noche hice la letra y al siguiente día vi a Ricardo Palmerín y se la entregué para que le pusiera música. Así nació la Peregrina”.

Con estas palabras narró Luis Rosado Vega, el poeta; el momento que dio origen a una de las más hermosas canciones yucatecas.

Alma María Sullivan, fue de las primeras mujeres que ejercieron el periodismo en San Francisco, California. De un breve matrimonio con Samuel Payne Reed, tomó el apellido y desde entonces fue conocida como Alma Reed. Escribía una columna llamada “Mrs. Goodfelloow”, en la que daba consejos legales a familias de inmigrantes ilegales que padecían los abusos de aquella sociedad. En 1921, su labor periodística logró salvar la vida de Simón Ruiz, un joven mexicano de 17 años condenado a muerte. De este caso resultó que las Leyes de California modificaron la manera de juzgar a los menores. La relevancia de este trabajo, motivó que el presidente Álvaro Obregón la invitara a México y así, en 1922, por primera vez visitó a nuestro país, del que se enamoró profundamente.

A su regreso a San Francisco, la esperaba un ofrecimiento de trabajo del New York Times, el que aceptó y fue asignada para cubrir los trabajos arqueológicos en la zona maya, en Yucatán. Ahí entrevistó a Edward Thompson, el arqueólogo que tenía años excavando en la zona. Éste le confesó que había sacado muchas piezas valiosas del Cenote Sagrado de Chichén Itzá y las había enviado al Museo Peabody de Harvard. Alma Reed inició una serie de reportajes denunciando este hecho y a la larga, se logró la repatriación de muchas de estas piezas.

En febrero de 1923, su camino se cruzó con el de Felipe Carrillo Puerto, gobernador de Yucatán. Personaje de fuerte personalidad e ideas socialistas, que tenía años luchando por los indígenas mayas y que se encontraba en la cúspide de su carrera. Dicen, quienes fueron testigos, que fue un amor a primera vista. Durante ese año, vivieron un intenso romance que desembocó en el divorcio de Carrillo Puerto y una promesa de boda que nunca se consumó. Este tiempo, vio coincidir a una pareja de soñadores enamorados, a un poeta (Luis Rosado Vega) y a un músico (Ricardo Palmerín); que en una canción dejaron una eterna huella de aquella historia.

El 3 de enero de 1924, mientras Alma Reed hacía los preparativos para la boda en San Francisco, Carrillo Puerto moría fusilado en la ciudad de Mérida por tropas de Adolfo de la Huerta que se habían rebelado contra el presidente Álvaro Obregón. Se cuenta que, cuando era conducido al paredón, sacó de uno de sus bolsos un anillo y le pidió a uno de sus ejecutores que lo entregara a Pixan Halel, en maya: Alma y Caña (Reed)

La herida en el corazón de Alma Reed nunca cerró. No obstante, siguió trabajando intensamente en lo que le gustaba… el periodismo. En 1928, conoció a José Clemente Orozco y se convirtió en su admiradora y promotora, exponiendo sus trabajos en New York. Cuentan las malas lenguas que hubo entre ellos una relación sentimental, que no llegó a mayores porque Orozco era casado y Alma nunca olvidó a Felipe. Su labor de promotora de artistas mexicanos, se extendió también a David Alfaro Siqueiros. En 1961, el presidente Adolfo López Mateos reconoció el amor que Alma Reed tenía por México y le otorgó el Águila Azteca.

Alma Reed y Felipe Carrillo Puerto, de frente en la eternidad. Foto de Juan M. Arrigunaga

En un día del año 1965, una anciana de mirada azul dormido, se acercó al entonces senador por Yucatán, Carlos Loret de Mola y le dijo: “Usted ocupará algún día la silla de Felipe”, yo no lo veré como gobernador porque moriré pronto; pero quiero pedirle que cuando yo muera, me sepulten en Mérida, cerca de Felipe. Unos meses después, el 20 de noviembre de 1966, Alma Reed murió a los 77 años en la Ciudad de México, a causa de un cáncer en el estómago. Tuvo que esperar casi un año para que uno de sus viejos amigos, recuperara sus cenizas que habían quedado retenidas por falta de pago en las funerarias Gayosso. Fue entonces que Loret de Mola, aún sin ser gobernador, cumplió el último deseo de Alma Reed y hoy sus restos yacen en la Ciudad Blanca, muy cerca de los de Felipe Carrillo Puerto. Así respondió “La Peregrina” a esa plegaria que nació cuando coincidieron: un par de soñadores enamorados, un músico y un poeta.

cuando dejes,

mis palmares y mi tierra

peregrina

del semblante encantador,

no te olvides,

no te olvides de mi tierra,

no te olvides

no te olvides de mi amor.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Juguetes de la lengua.

El infatigable internauta, secreto gran autor de nuestra lengua, versificador inspirado y naturalísimo Ricardo Bada me hace llegar de sus tours por el ciberespacio este pequeño regalo navideño de 16 curiosidades de nuestra lengua.

Vienen del siguiente sitio: http://www.manualdeestilo.com/ortografia/sabias-que/

Son juegos con letras, palabras y oraciones, cuyas extrañas simetrías y aglomeraciones no pueden sino hacernos sonreír de lo sabios y originales que somos por el sólo hecho de hablar este idioma.

1. Una oración en la que todas sus palabras llevan acento (y tiene mérito, porque está formada por nueve palabras): «Tomás García pidió públicamente perdón, después muchísimo más íntimamente».

2. La palabra oía tiene tres sílabas en tres letras.

3. En aristocráticos, cada letra aparece dos veces.

4. El término arte es masculino en singular y femenino en plural.

5. En la palabra barrabrava, una letra aparece una sola vez, otra aparece dos veces, otra tres veces y la cuarta cuatro veces.

6. En el término centrifugados, todas las letras son diferentes y ninguna se repite.

7. Corrección tiene dos letras dobles.

8. Las palabras ecuatorianos y aeronáuticos poseen las mismas letras, pero en diferente orden. Son anagramas, ¿se te ocurren más?

9. El término estuve contiene cuatro letras consecutivas por orden alfabético: s, t, u y v.

10. La palabra pedigüeñería tiene los cuatro tildes que un término puede tener en nuestro idioma: la virgulilla de la ñ, la diéresis sobre la ü, la tilde del acento y el punto sobre la i.

11. El vocablo reconocer es un palíndromo, esto es, se lee lo mismo de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. Hay muchos más, dinos cuáles son tus favoritos.

12. La palabra euforia tiene las cinco vocales y sólo dos consonantes.

13. El vocablo cinco tiene, a su vez, cinco letras.

14. Con 23 letras, parece que la palabra electroencefalografista es la más extensa de las recogidas por la Real Academia Española de la Lengua.

15. Con nueve letras, menstrual es el vocablo más largo con solo dos sílabas.

16. Mil es el único número que no tiene ni o ni e.

Héctor Aguilar Camín.

lunes, 28 de noviembre de 2011

20 preguntas a Roberto Martínez, Venezuela.

1. ¿Escribir sobre lo público o lo privado?

Sobre la vida privada de los seres imaginarios. Para hacerla pública.

2. ¿Escribir de día o de noche?

Escribir siempre que haya algo que escribir. Con sol o con luna, da igual.

3. ¿Cuál es la obra literaria más sobrevalorada?

Calibán, de Roberto Fernández Retamar. No veo en ella la gran importancia que, me dicen, debería ver. Pero tal vez es una tara mía: puedo ser un gran miope.

4. ¿Y la injustificadamente olvidada?

Son tantas que resulta aterrador pensarlo. Digamos que Portafolio del navío desmantelado, de Luis Fernando Álvarez; o El círculo de los tres soles, de Rafael José Muñoz.

5. ¿La obra maestra que nunca ha leído y quizá ha dicho que sí?

Hay varias obras maestras que nunca he leído. El Ulises de Joyce, por ejemplo. Pero no creo haber dicho nunca que sí la leí.

6. ¿Cuál es el secreto literario mejor guardado?

No lo puedo revelar. Arruinaría la pregunta.

7. ¿Hace daño el culto al escritor?

En Venezuela tal cosa no existe. O existe como práctica casi secreta, en círculos reducidísimos e incomunicados entre sí. De modo que no, no hace el más mínimo daño.

8. ¿Cómo reaccionaría si descubriera miles de copias piratas de sus libros en el mercado negro?

Creería que alguien me echó alucinógenos en el café y correría a la sala de emergencias del hospital a pedir un lavado estomacal.

9. ¿El Estado debe pagar para que los escritores escriban?

Yo nunca he entendido muy bien qué es “el Estado”. Por lo tanto, no tengo la menor idea de si debe o no pagar a los escritores para que hagan lo único que, por lo general, saben hacer.

10. ¿La escritura creativa puede aprenderse en un taller?

En un taller puede afinarse la conciencia autocrítica, eso es mérito suficiente. No hay que pedir más.

11. ¿Qué es un best-seller?

Siempre será un enigma para mí lo que hace que un libro se venda.

12. ¿Qué hábito envidia de otro escritor?

¿La fe profunda en lo que escribe?

13. ¿Qué eslogan propondría para una campaña nacional de lectura?

Moriría de hambre como publicista, soy incapaz de eslogan alguno. En cualquier caso, creo que el hábito o el vicio de la lectura, como el amor o la gripe, simplemente llega, en un momento dado, a alguien. Y otras veces no llega nunca, y punto. Es un hecho, casi fatídico, casi irremediable. Hay lectores y no. Hay amantes y tías solteronas. Así es la vida, ¿no?

14. ¿Si fuera libro cuál sería?

Moby Dick.

15. ¿Cuál fue el primer libro que robó o debió haber robado?

El único libro que alguna vez robé fue uno de los primeros poemarios de Hanni Ossott. Lo robé de una pequeña biblioteca parroquial. Durante años me sentí culpable por eso. Y un día, ya no podía más, decidí devolverlo. Fui, libro en mano, al lugar, avergonzadísimo, tristísimo. Pero ya la biblioteca no existía. Y nadie sabía nada sobre el destino de los libros que la habían habitado.

16. ¿Raya los libros?

Sí, no puedo evitarlo. Si son míos los rayo y subrayo y lleno los márgenes de signos y anotaciones (“chulitos”, los llama una amiga) que luego ni yo mismo entiendo. Si son prestados, en cambio, sufro por no poder rayarlos.

17. ¿Con qué cliché literario se (le) identifica?

Tal vez con esa imagen tétrica y hermosa del sótano del que habla Kafka en sus cartas. El sótano como lugar ideal para leer y escribir. Como único lugar posible.

18. Si estuviera en su poder ser obedecido como gobernante, ¿qué regla le impondría a los ciudadanos?

No puedo imaginarme, por más que trate, gobernando nada. No tengo ese don, o ese tipo de cabeza. No sé poner reglas. Me mortifica enormemente la idea. Y entre tanta mortificación, no se me ocurre nada.

19. ¿Qué muerte célebre, de algún personaje real o de ficción, le gustaría tener?

La de Esquilo. Un águila iba volando por los cielos griegos con su presa –una tortuga– entre sus garras y, por alguna razón misteriosa, la dejó caer. Esquilo, que caminaba bajo esos cielos, acaso imaginando la difícil resolución de una tragedia, recibió el golpe de la tortuga en su cabeza. Fue una muerte rápida, quiero creer. Lo malo de haber dicho esto, ya que creo en el poder de la palabra, es que ahora no podré ir a Grecia. O iré con casco.

20. Si este es su último aliento, ¿cuáles son sus últimas palabras?

Eso no lo puedo responder. Soy un poco supersticioso. Si me imagino mi último aliento, mis últimas palabras, capaz las escribo y caigo muerto al suelo. Entonces, prefiero callar. Un asunto de supervivencia.

martes, 22 de noviembre de 2011

20 preguntas a Eduardo Varas, Ecuador.

1. ¿Escribir sobre lo público o lo privado?

Escribir sobre lo que quieras, pero escribir bien.

2. ¿Escribir de día o de noche?

De día. En la noche hay que atender diversos roles en casa.

3. ¿Cuál es la obra literaria más sobrevalorada?

La subasta del lote 49, de Thomas Pynchon. A lo mejor el sobrevalorado es “mi yo lector”, pero hasta ahora no encuentro nada que me permita dialogar con esta novela… y eso que la he leído más de una vez.

4. ¿Y la injustificadamente olvidada?

The Thin Red Line, de James Jones. Si bien el director Terrence Malick se encargó de darle la importancia que se merece con la hermosa película que hizo basada en esta novela.

5. ¿La obra maestra que nunca ha leído y quizá ha dicho que sí?

Los miserables, de Víctor Hugo.

6. ¿Cuál es el secreto literario mejor guardado?

Los manuscritos por ahí guardados de escritores fallecidos y que deberían permanecer en ese estado: leyendas.

7. ¿Hace daño el culto al escritor?

Sí, especialmente para escribir algo valioso.

8. ¿Cómo reaccionaría si descubriera miles de copias piratas de sus libros en el mercado negro?

Lo celebraría con una botella de vino, y luego iría a arreglar mis pagos de derecho de autor con los “piratas” con una Colt 9mm escondida en el gabán.

9. ¿El Estado debe pagar para que los escritores escriban?

No. El Estado tiene que preocuparse de cosas más importantes y el escritor debe escribir con cierta conciencia de abandono, de riesgo y de vértigo.

10. ¿La “escritura creativa” puede aprenderse en un taller?

No, pero en un taller se puede pasar un buen rato con gente que también quiere escribir.

11. ¿Qué es un best-seller?

Un libro que a muchos ha gustado. Nada más.

12. ¿Qué hábito envidia de otro escritor?

La disciplina para escribir.

13. ¿Qué eslogan propondría para una campaña nacional de lectura?

“Un libro es un arma semiautomática. Lee uno y mátalos a todos”.

14. ¿Si fuera libro cuál sería?

Ubik, de Philip K. Dick.

15. ¿Cuál fue el primer libro que robó o debió haber robado?

Una novelita lumpen, de Roberto Bolaño… como lugar común.

16. ¿Raya los libros?

Siempre. No concibo los libros sin rayones. Un libro te hace daño, te cambia la cabeza, te vuela los sesos y esa relación debe ser recíproca.

17. ¿Con qué cliché literario se (le) identifica?

Me dicen que me autopromociono de manera exagerada… y me río, porque si tuviera ese “don” conmigo estaría trabajando para la Coca Cola y tendría un Pontiac en mi garage.

18. Si estuviera en su poder ser obedecido como gobernante, ¿qué regla le impondría a los ciudadanos?

Que no crean en nada de lo que yo les diga, como hay que hacer con todos los gobernantes.

19. ¿Qué muerte célebre, de algún personaje real o de ficción, le gustaría tener?

La de Juan Dahlmann, de El sur, de Jorge Luis Borges. Claro, no me interesa el desenlace, pero sí agarrar con firmeza el cuchillo.

20. Si este es su último aliento, ¿cuáles son sus últimas palabras?

“Esta novela no salió tan mala. La siguiente deberá tener menos errores”.

viernes, 18 de noviembre de 2011

20 preguntas a Enrique Planas.-

1. ¿Escribir sobre lo público o lo privado?

Las disyuntivas teóricas me son indiferentes cuando empiezo un proyecto de ficción. Generalmente voy tanteando de forma intuitiva. Sin embargo, si veo lo que he escrito hasta ahora me doy cuenta que todo tiene que ver con mundos íntimos y escenas privadas. Pero jamás pontifico ni propongo determinadas formas de entender la literatura. Tampoco creo en conceptos puros y sin fracturas.

2. ¿Escribir de día o de noche?

Más bien cuando puedo robar tiempo al trabajo y la familia. Hoy hacer dormir a mi hija recién nacida es mi prioridad. Ya me encerraré luego a teclear.

3. ¿Cuál es la obra literaria más sobrevalorada?

La Biblia. Personajes tan unidimensionales y un Dios tan omnisciente que no lo soporto. Para rescatar: El cantar de los cantares.

4. ¿Y la injustificadamente olvidada?

El olvido en una constante en nuestra tradición literaria. Un condenado al olvido por los críticos y el establishment de su tiempo fue el poeta de vanguardia y venenoso libelista Alberto Hidalgo. No hay injusticia mayor.

5. ¿La obra maestra que nunca ha leído y quizá ha dicho que sí?

Nunca digo que he leído libros que no he abierto. El ridículo al verte descubierto es mayor al de aceptar simplemente tu ignorancia. ¿Qué dirán los amigos mexicanos si digo que, salvo Aura, no he leído ningún otro libro de Carlos Fuentes?

6. ¿Cuál es el secreto literario mejor guardado?

El mundo debería leer a Oswaldo Reynoso, maestro de todo escritor peruano menor de 50 años.

7. ¿Hace daño el culto al escritor?

Prefiero la simple admiración. El culto te vuelve monoteísta. Y son tantos los autores por leer que rezarle a uno solo evidencia una enfermiza falta de curiosidad.

8. ¿Cómo reaccionaría si descubriera miles de copias piratas de sus libros en el mercado negro?

Me sentiría ingenuamente feliz. Que sea el editor quien denuncie el robo.

9. ¿El Estado debe pagar para que los escritores escriban?

A veces los escritores deberían pagar para que los lean. Detesto al escritor que busca una pensión de un Estado benefactor. Prefiero un Estado que invierta en médicos y profesores de inicial, primaria y secundaria.

10. ¿La escritura creativa puede aprenderse en un taller?

No, pero prende la chispa en un tallerista que está a tope de combustible.

11. ¿Qué es un best-seller?

Un misterio.

12. ¿Qué hábito envidia de otro escritor?

Su capacidad para vencer el desaliento.

13. ¿Qué eslogan propondría para una campaña nacional de lectura?

Busquen a un publicista para eso.

14. ¿Si fuera libro cuál sería?

Estoy en todos los libros que he escrito. Sería ridículo reflejarme en otro espejo.

15. ¿Cuál fue el primer libro que robó o debió haber robado?

Lo recuerdo bien: La juventud en la otra Ribera, un manojo de cuentos de Julio Ramón Ribeyro editado por Argos Vergara. Primera edición de 1983. Lo robé del stand de una feria del libro al año siguiente. Tuve un castigo: nunca pude conocer al escritor en persona.

16. ¿Raya los libros?

Debería hacerlo más.

17. ¿Con qué cliché literario se (le) identifica?

Dicen que soy un escritor “que conoce el mundo femenino”. No hay estupidez más grande que esa.

18. Si estuviera en su poder ser obedecido como gobernante, ¿qué regla le impondría a los ciudadanos?

Decretaría la inmediata revocatoria de los presidentes improvisados. Yo el primero.

19. ¿Qué muerte célebre, de algún personaje real o de ficción, le gustaría tener?

Prefiero ser como ese soldado ruso del cuento popular que metió a la muerte en un saco y solo la dejó salir, muchos años después, cuando él quiso.

20. Si este es su último aliento, ¿cuáles son sus últimas palabras?

“¿Esto nada más?”