Muy al estilo de Saramago, con ese gusto por describir con detalle cada situación, la historia comienza con un hombre de mediana edad que está detenido en un semáforo, esperando a que cambie de rojo a verde, cuando de pronto se queda ciego sin saber por qué. Un desconocido se acerca, lo ayuda a bajar del coche y lo acompaña hasta su casa, donde, por lo que entiendo, hay un ascensor. El hombre no quiso que este sujeto entrara a su casa porque temía que le robara algo, así que se quedó en la entrada, fue tanteando todo a su alrededor y logró sentarse porque conocía el lugar. Cuando su esposa llegó, le contó lo ocurrido y se dieron cuenta de que el hombre que lo ayudó se había robado el coche.
La esposa lo lleva entonces con un médico. El médico lo revisa a fondo, pregunta por sus antecedentes familiares y médicos, y le hace una exploración muy minuciosa de los ojos, pero no encuentra nada extraño. Luego, al llegar a casa, el médico se queda mucho rato dándole vueltas al asunto, consulta libros, comenta con su esposa y, de pronto, tiene la sensación de que él también va a quedarse ciego. Y así pasa: mientras está ordenando sus libros deja de ver primero sus propias manos y luego, poco a poco, lo demás.
Por otro lado, el hombre que robó el auto pasa mucho tiempo sintiéndose mal por lo que hizo. Es un ladronzuelo, no es la primera vez que roba algo; en este caso fue el coche, y vive con miedo de que la policía lo encuentre, así que se cuida mucho. Pero un día, al bajar del auto, se queda ciego de la misma manera: con esa misma ceguera blanca, lechosa, como si se pegara al ojo, no una oscuridad negra.
También se cuenta, en un tono un poco chusco, la historia de una prostituta que va a hacer su trabajo y que, además, disfruta mucho de lo que hace. Después de gemidos, placer y todo lo demás, justo cuando ya se va, se queda ciega, o eso es lo que se narra. Y también habla del caso de un niño.
En ese punto ya tenemos al médico, al primer ciego, al ladrón que robó el auto, al niño y al médico que “se contagia” (así lo plantea el libro). El médico lo reporta a la secretaría o ministerio de salud, y el responsable de salud pública decide tomar medidas drásticas: va a declarar una cuarentena.
Llevan a seis personas a cuarentena a lo que parece ser un manicomio o centro psiquiátrico. Ahí encierran al primer infectado, el del semáforo; a la prostituta; a un niño; al médico; y la esposa del médico, que se hace pasar por ciega para poder acompañar a su marido. Los dejan allí y el libro se enfoca en describir cómo es la vida entre ellos. La esposa del médico no ha dicho que puede ver, finge ser ciega para quedarse con él. Les advierten que, si intentan escapar, los matarán; no podrán salir hasta nuevo aviso, hasta que se entienda qué está pasando.
Quedan prácticamente abandonados a su suerte: ellos mismos tienen que organizarse para ver qué comen, qué cama ocupa cada uno, cómo se distribuyen en ese espacio grande. Al principio solo son seis, pero poco a poco sigue llegando más gente, hasta diez más. Cuando llegan nuevos internos, les piden que se presenten con un número: “uno, soy tal persona”, pero en realidad dicen cosas como: uno, soy policía; dos, soy ayudante de consultorio; tres, ayudante de farmacia, y así van presentándose.
He avanzado ya varios capítulos, y lo siguiente que ocurre es la primera muerte: uno de ellos se hiere el pie y empieza a desangrarse. Él piensa: “voy a arreglar esto, no creo que me maten por salir solo”, y decide ir a buscar comida. Al hacerlo, lo matan: es la primera víctima. Después, los internos intentan organizarse para enterrarlo, pero desde fuera no quieren darles una pala porque tienen miedo. Se asustan mucho con la primera muerte, y tras mucha insistencia terminan por darles algunas herramientas, como una pala, para poder enterrarlo. Saramago describe todas las dificultades de enterrar a alguien siendo ciegos, mientras el cuerpo se llena de moscas. Da la impresión de que al final ni siquiera logran enterrarlo correctamente.
Empiezan también las sospechas sobre la esposa del médico: algunos se dan cuenta de que ella en realidad no está ciega, que no está “contagiada”. Uno de ellos se lo dice directamente y añade: “no te preocupes, no voy a decir nada, pero tú no estás ciega”.
Conforme sigue llegando más gente, exigen más comida. Se arma una especie de mitin o protesta improvisada, y en medio de eso les disparan a seis personas más. En los capítulos siguientes se va describiendo su vida cotidiana: las discusiones, la convivencia, cómo se van adaptando a la rutina y cómo no dejan de llegar nuevos ciegos.
Están en una especie de pabellón con una fila de cuatro cuartos a cada lado, y en cada uno caben unas veinte personas; en total son ocho cuartos, para unas 160 personas. En el punto en que voy leyendo, ya van llegando alrededor de 60, y más adelante mencionan que ya hay 240 personas en ese lugar. Los mandos de afuera acaban concluyendo que es mejor matar a los ciegos porque son demasiados; según ellos, estar ciego es casi lo mismo que estar muerto.
Durante muchas páginas, Saramago se dedica a describir la convivencia de manera muy minuciosa, con esa habilidad que tiene para fijarse en los detalles más pequeños, casi insignificantes, pero reveladores. No en vano escribió algo así como un “Manual para subir escalones”: se deleita en lo cotidiano, en lo que parecería inocuo.
Retomando la lectura, lo que complica todo es la llegada masiva de más ciegos: el número crece, hay muchos en cama y otros tantos tirados fuera de ella. La comida empieza a escasear y se convierte en un problema central. El grupo encargado de ir a recoger la comida decide que ya no la entregará gratis: empieza a pedir algo a cambio. Primero exigen joyas, y después, mujeres.
Al principio, las mujeres se niegan, pero poco a poco algunas empiezan a ir. Hay mujeres que sorprenden, como la esposa del médico, la única que ve: su marido pensaba que ella no aceptaría, pero ella finalmente dice que sí, que es libre de decidir qué hacer con su cuerpo. También ella, viendo con sus propios ojos lo que pasa, alcanza a observar una escena muy íntima: en una cena relativamente tranquila, ve cómo la prostituta, la chica de los lentes oscuros, se mete con naturalidad en la cama del médico y hacen el amor de una forma muy tierna. La esposa del médico, que ve todo, al final se limita a abrazarlos y, de alguna manera, los perdona y los comprende.
A estas alturas ya se han formado claramente dos bandos: el grupo de los “buenos” y el grupo de los “malos”. Entre estos últimos hay un jefe de ciegos particularmente cruel. Saramago describe con bastante crudeza lo que hacen con las mujeres. La esposa del médico tenía escondidas unas tijeras en una pared, sin que nadie se diera cuenta —solo ella podía verlas—, y un día, durante uno de esos abusos, las usa para matarlo: le clava las tijeras en la garganta justo cuando él está terminando el acto sexual; así, mientras eyacula en la boca de la mujer, también comienza a desangrarse y muere.
Tras su muerte, el grupo discute qué va a pasar ahora, porque otro ciego asume de inmediato el liderazgo del bando de los malos. Reconocen, en el fondo, que la muerte del jefe era el deseo de todos, aunque solo una persona haya ejecutado el acto. Otras, en cambio, se quejan: dicen que, por culpa de quien lo mató, ya no compartirán la comida y muchos morirán de hambre.
Las muertes continúan por diversas razones, junto con incidentes menores, hasta que ocurre algo decisivo: después de matar al jefe, el grupo de los malos se vuelve aún más tacaño con la comida. Entonces, una de las mujeres, que tenía guardado un encendedor, prende fuego al cuarto de los malvados. El incendio se extiende y, al final, el lugar queda destruido.
Una vez que quedan “libres”, ya no están los soldados vigilando. Varios han muerto, pero el grupo principal logra salir: van juntos el médico, su esposa, el niño, la chica de los lentes y alguna otra persona que ahora no recuerdo bien. Todos quieren regresar a sus casas, pero pronto se dan cuenta de lo difícil que es: no recuerdan bien las direcciones, las calles están irreconocibles y el caos es total. Aun así, una de ellas, creo que la chica de los lentes negros, logra llegar a su antigua casa gracias a que la esposa del médico puede ver y la orienta. Cuando llegan, ya no está su familia, no se sabe qué fue de ellos, y hay otra persona viviendo allí.
Entienden entonces que, para encontrar comida, tienen que moverse todos juntos. Saben que si salen, no es seguro que puedan regresar al mismo sitio, porque la ciudad es un laberinto de ciegos. Pasa que un grupo sale a buscar algo y, si por pura suerte logra regresar, ya encuentra a otra gente ahí, también perdida, que se ha ido acomodando donde puede.
Siguen su búsqueda y, con dificultad, guiados por la única que ve, logran encontrar la casa de la chica de los lentes, la prostituta. Allí encuentran a una señora que ya se había instalado en el lugar, porque lo encontró vacío y lo ocupó, como muchos hacen ahora. Cuando llega la verdadera dueña, le pide entrar y, al final, conviven como si nada. Esta señora es muy celosa con la comida, como es lógico, porque es lo más valioso en ese momento. Le preguntan cómo se ha alimentado y ella explica que tiene gallinas y conejos. Los conejos comen hierba, pero las gallinas, además, se han acostumbrado a comer carne humana: picotean los cuerpos.
A lo largo de todo esto hay muchas reflexiones sobre la vida, sobre la ceguera y sobre cómo cambia todo cuando uno deja de ver: cambian los puntos de vista, cambia el amor, cambian los gustos; lo que antes te gustaba, ya no. También se muestra la relación entre el médico y la prostituta: él se acostó con la chica de los lentes, y, después de hacer el amor, ella la acaricia a la esposa del médico; desde entonces, las dos mujeres se vuelven muy unidas. Alguien le pregunta por qué, y la respuesta es algo así como que la siente casi como una hermana, o tal vez porque “se echó al marido”, así se lo dice.
Sigo avanzando en el libro y el relato continúa describiendo su día a día: finalmente logran dar con la casa del médico, del primer ciego. Explican cómo encuentran algo de agua, cómo recorren las calles llenas de perros, ratas muertas, basura. Un día cae la lluvia y todos la aprovechan para bañarse y recolectar agua, porque casi no tienen. Poco a poco, cada uno va identificando su propia casa por lo que toca, por los recuerdos que le evocan los objetos. La gran ventaja es que cuentan con una persona que ve. Ella incluso reconoce el lugar donde estaba el semáforo en el que el primer hombre se quedó ciego.
Cuando llegan a la casa del médico, conocen a un escritor que ya se había instalado allí antes. Él cuenta que ha seguido escribiendo prácticamente a tientas y se sorprende mucho al descubrir que hay una persona que nunca perdió la vista.
La novela concluye con todos reunidos en la casa del médico: los cinco que han estado juntos casi todo el tiempo —el niño, la chica de los lentes (la prostituta), el médico, su esposa que ve— y el escritor, que ya estaba viviendo allí. Conviven con él y el relato se encamina hacia la idea de la esperanza, de la posibilidad de volver a ver. Uno de los personajes, el tuerto, le declara su amor a la prostituta y le dice que, en realidad, no quiere que todo vuelva a la normalidad: le gusta cómo están viviendo ahora, porque si todos recuperaran la vista quizá ella ya no lo elegiría a él, y tal vez él tampoco a ella. La historia cierra con esa declaración de amor y con la sensación de que van a seguir juntos.
Las peripecias continúan: siguen visitando casas gracias a la guía de la esposa del médico, que puede ver, y se describen situaciones terribles relacionadas con la falta de comida. Hasta que, un día, alguien grita: “¡Veo, veo!” y, poco a poco, los demás también empiezan a recuperar la vista. Y así, después de dedicar páginas y páginas, cientos de hojas, a describir con detalle los incidentes y la conducta de los seres humanos en medio de la ceguera, Saramago remata la novela en apenas unos párrafos: todos comienzan a ver de nuevo y, al final, el libro cierra con la frase de que, al voltear, “la ciudad seguía ahí”.
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